Por el dolor de las madres, que con Duarte no triunfe la mezquindad

por Miguel Pulido abril 17, 2017 9:17 am

Gran parte de lo que rodea a la captura de Duarte nos confirma que en los asuntos públicos avanza sin contemplaciones la dupla: entretenimiento-espectáculo.

Por Miguel Pulido

Escribo estas palabras desde el nudo que se hace en el estómago al ver a una madre con la mirada vacía y el alma hecha trizas por el hijo o la hija que no está. Surgen de la rabia de saber que somos tan extremadamente frágiles a la corrosiva angustia de no saber. Las escribo con profundo respeto y solidaridad para todas las familias que han pasado el indescriptible dolor de no tener a un ser querido a causa de la putrefacta situación que se vive en Veracruz.

Hace pocos días que detuvieron a Javier Duarte en Guatemala y el circo no para. Las redes siguen ardiendo con memes, caricaturas, chistes sobre su complexión física, teorías electorales. No han faltado los políticos que ansiosos de sacar raja del asunto se montaron en el tren mediático. Gran parte de lo que rodea a la captura de Duarte nos confirma que en los asuntos públicos avanza sin contemplaciones la dupla: entretenimiento-espectáculo.

No me espanto ni me escandalizo. En cierta medida –aunque lo lamento- lo entiendo. Cuando el nivel de frustración alcanza niveles extremos, lo más normal es que la gente termine generando emociones de odio, desprecio y repulsión. Con Duarte, por ejemplo, la irritación popular se exacerba y la gente se desahoga con burlas e improperios (que incluyen su físico). No hay reglas ni modales para expresar el rechazo. Faltaba más, cada quién hace con su opinión lo que le plazca.

Aclaro que no me interesa defender la integridad de Duarte ni sugerir que debemos proteger su imagen. Mis argumentos son otros. Paradójicamente, la radicalización del rechazo convertido en mofa suele beneficiar a quienes tendrían que ser objeto de análisis crítico e incisiva evaluación. Los expertos en manejo de crisis sugieren que frente a la impopularidad lo mejor que te puede pasar es la sustitución de los argumentos por los insultos. Cuando eso pasa, la reflexión es más baja, el pensamiento es más corto y emocional, y por tanto más fácilmente olvidable.

Pienso que al limitar la discusión pública a un arsenal de imágenes sobre la captura de Javier Duarte los que perdemos somos nosotros. Por ejemplo, creo que dejamos pasar una oportunidad extraordinaria para resignificar a las víctimas. Para recordar que durante años él y sus cómplices les negaron el trato digno y que en la soberbia de su poder en plenitud infligieron angustia y dolor.

Pienso que tendríamos que mencionar un poco menos el nombre del exgobernador y bastante más el de muchos desaparecidos. Al menos eso pienso yo, que no puedo olvidar cómo ese silencio rasga. Cómo los nombres no pronunciados arrebatan la tranquilidad para siempre. Y pienso en Veracruz y en los cientos de hermanos que han tenido que andar incompletos y que así andarán. Y pienso en las madres que con el alma deshilachada tuvieron que apretar los dientes al entrar a un Ministerio Público. Y en todas las que desde esa visita maldita andan con la existencia apretada a punto de extinción entre el dolor y la rabia.

Por eso lamento que no podamos hacernos otras preguntas. ¿Qué permitió que se cometieran tantas estupideces de manera sistemática por tanto tiempo? ¿De qué tamaño es y hasta dónde alcanza la red de complicidad? ¿Qué ha permitido que tantas personas se sumen de forma tan banal a producir tanto dolor? ¿Por qué hacemos de la incompetencia de nuestros gobernantes y no de nuestras vidas el centro de nuestra discusión? ¿Por qué nos quedamos en las repuesta cortas y simplonas, las que niegan la complejidad del diagnóstico y se limitan a sentir calma con la defenestración de un villano?

Creo, entonces, que con todo lo que está pasando hay que tomarse en serio la crisis. Si no queremos hacerlo por tener una discusión política más robusta y sofisticada, hagámoslo al menos en reconocimiento a que el dolor de tantas madres, no merece tanta frivolidad. No merece, otro triunfo de la mezquindad.

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