Kate, el Chapo y Ayotzinapa: un engaño en teleserie

por Témoris Grecko octubre 31, 2017 8:12 am

Aunque "parece convincente que molestó su crítica hacia Angélica Rivera, esposa del presidente Peña Nieto".

Las profundas preocupaciones sociales de Kate del Castillo, productora y protagonista de “Cuando conocí al Chapo”, aparecen fulgurantes de principio a fin de la serie: a los 12 minutos, noticias de los asesinatos de los periodistas Miroslava Breach, Javier Valdez y Salvador Adame; cinco minutos antes de terminar, vemos secuencias de personas que marchan con carteles que dicen “vivos se los llevaron, vivos los queremos”, en demanda de la presentación con vida de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa.

El argumento de fondo es que la lucha personal de Del Castillo es la misma que la de los padres y las madres de los 43, la de los reporteros perseguidos por la violencia e, incluso, la de los jóvenes del Movimiento #YoSoy132, que también aparecen manifestándose; que Del Castillo es, al mismo tiempo, víctima y heroína, como ellos y ellas lo son, enfrentando a un sistema político secuestrado por el narcotráfico.

Sólo que a los 43 se los llevaron los narcos amparados por los políticos.

Sólo que a los periodistas –y específicamente a esos periodistas- los asesinaron los narcos amparados por los políticos.

Sólo que el Movimiento #YoSoy132 se levantó contra la política secuestrada por el narcotráfico.

Y que, en las actividades referidas en esta pieza televisiva, Kate del Castillo hizo y sigue haciendo una serie de apologías públicas del poderoso jefe narco que secuestró a la política mexicana, Joaquín El Chapo Guzmán.

La cinta nos muestra que Del Castillo arriesgó su vida en el intento por establecer una relación de negocios con El Chapo: estaban valorando que el criminal le vendiera o regalara los derechos cinematográficos de su historia –una historia que nadie se iba a atrever a filmar contrariando los deseos del jefe máximo del mayor ejército de sicarios de México: iban a presentarlo como él quisiera verse, y contarían con su venia.

Del Castillo es la antítesis misma de las víctimas y los actores sociales en los que trata de ampararse, a los que quiere utilizar para vestirse de causa noble, aunque les falte al respeto, a la verdad, a la justicia y a la memoria.

LA RESPONSABILIDAD DEL CHAPO NO ES GENÉRICA: ES DIRECTA

El Cártel de Sinaloa –el del Chapo Guzmán- está al final de la principal hipótesis que sigue la fiscalía en el caso de Miroslava Breach: que la mataron por venganza de Los Salazares, una pandilla que pertenece a esa organización criminal.

También en el caso de Javier Valdez: sus colegas sospechan que murió como parte de la guerra entre favoritos del Chapo Guzmán –sus hijos y su lugarteniente Dámaso López- por el control del cártel.

Incluso la trama político-criminal que controla Iguala y desapareció a los 43, y que reúne a funcionarios públicos, policiacos y militares con sicarios de Guerreros Unidos, tiene una asociación con los capos de Sinaloa desde su origen en los años 70.

Sólo en el crimen de Salvador Adame no se ve una línea directa a la poderosa agrupación delictiva del Chapo Guzmán, que sin embargo sí torturó y asesinó a muchos otros periodistas en varias partes del país, como lo ha hecho con miles de ciudadanos más.

LA FALSEDAD DEL PRODUCTO EMPAQUETADO

La serie “El día que conocí al Chapo” (como se llama en inglés) pretende ser documental cuando no es más que una combinación dramatizada de alegato de exculpación con autoelegía. En ella, Del Castillo se justifica por haberle pedido al Chapo que se convirtiera en el salvador de México contrastándolo con la maldad del gobierno: en el pequeño mundo que nos presenta, nos quiere hacer creer que sólo podemos elegir entre el capo sangriento y los políticos corruptos, como si aquél no hubiera comprado y obtenido la protección de éstos –son dos caras del mismo monstruo-, y como si esta pobre nación no tuviera más alternativas que esas dos.

Además, explica al Chapo como alguien que no pudo evitar que lo corrompiera el sistema corrupto, y que a pesar de todo se las arregla para ser un perfecto caballero: la protagonista no deja de asombrarse extasiada porque el tipo no la violó o abusó de ella, como si el comportarse como persona fuera algo qué celebrarles y agradecerles a los poderosos.

Posiblemente, es cierto que el sistema se está ensañando con Del Castillo para hacerle pagar algunas cuentas: parece convincente que molestó su crítica hacia Angélica Rivera, esposa del presidente Peña Nieto. Tal vez, en parte ahí está la explicación, y sin duda, merece el amparo ante los abusos del Estado (un amparo que no es tan fácilmente accesible para los luchadores sociales en quienes ella busca otro tipo de amparo). Y también es verosímil que el actor Sean Penn abusó de la confianza de su amiga y la traicionó: a todo lo largo de esta historia, más allá de la serie, se ha comportado como alguien que olvidó cómo viven y sienten los seres humanos.

Pero Del Castillo no es mejor que Rivera o Penn. Si bien el guión se revela cuidadosamente estudiado para ganar credibilidad, introduciendo algunos contrapuntos “críticos” en boca de entrevistados muy respetables, todo está armado para construir a la protagonista como una heroína singular que es tan víctima y tan luchadora como todas esas personas que protestan en las calles…

…a pesar de que ella no va a protestar a las calles, ni les pregunta a esas personas qué opinan del Chapo, ni se preocupa por qué las mataron, por qué las desaparecieron, por qué se sienten agraviadas: las utiliza como extras, como escenografía, como utilería de archivo.

Ni siquiera se dio cuenta del desagradable contraste que provoca al alternar las imágenes de los estudiantes indígenas de la sierra de Guerrero, históricamente explotados y hoy día sometidos a la persecución del Estado, con las de la afamada actriz Kate del Castillo –muy mortificada, fíjate que sí-, su copa de vino blanco y su perrito en la piscina de su mansión en el Mountain Gate Country Club de Los Ángeles.

No faltará quienes sean convencidos: sus fans, claro; o quienes compran los cuentos empaquetados en formato televisivo. Además, su drama comercializado en serie es ya un estupendo negocio.

No obstante, si Del Castillo acaso tuviera intenciones de asistir a marchas como las que presenta para avalar su cuento, sería rechazada: los que se han levantado contra los engaños, los conocen bien y no aceptarán otro más.

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