Cien años de “El cementerio marino”, de Paul Valéry

por Julio Moguel febrero 1, 2020 8:00 am

Julio Moguel se ocupa de esta obra centenaria y anuncia la cuarta edición de su traducción "al mexicano" del poema de Valéry

Julio Moguel

I
Este 2020 se cumplen cien años de la primera edición de El cementerio marino, de Paul Valéry. Mi vínculo con dicho poema es estrecho: me ocupé de su estudio y de su traducción al español desde hace ya muchos años, en un ciclo que, con una primera edición en 2009 (Juan Pablos Editor), fue seguida por una segunda en 2012 (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en la Colección México Lee) y por una tercera en 2014 (Juan Pablos Editor). En éste, su cumpleaños centenario, publicaremos una cuarta entrega que, espero, salga a la luz en septiembre u octubre del año.

Un amigo mío, Francis Mestries, poeta de primerísimo rango, definió de la siguiente manera al mencionado poema:

Publicado en la década de los años veinte, uno de los grandes poemas de la literatura francesa, El cementerio marino, constituye el testamento de Paul Valéry, aunque éste murió en 1944. La factura de este poema, tanto en el plano formal como de fondo, alcanza cumbres de la creación poética y de la reflexión filosófica. Su forma clásica logra, gracias a su estructura de estrofas de sextetos con métrica decasílaba, cesuras, aliteraciones y ritmo escanciado, una musicalidad de amplio aliento, y su mensaje ontológico nos ofrece una mirada serena sobre la vida y la muerte, el hombre y la naturaleza […]

El escritor Víctor Jiménez, por su parte, señaló en un momento dado sobre mi traducción del poema:

[…] la lectura la hacemos en nuestro español (uno con geografía e historia admitidos), a sabiendas de que no son posibles las libertades implícitas […]., pero también asumiendo que la neutralidad tampoco es viable, aunque sí necesaria la moderación, vinculada directamente a la naturalidad y a la exigencia de eludir énfasis o emociones ajenas al original. Esto requiere que supongamos en el traductor una cautelosa reflexión y humildad ante el poema de Valéry. Con todo cuidado lo convierte Moguel en uno del siglo XXI, empleando la versificación libre y acogiendo la poesía de manera tranquila en sus nuevas líneas sentenciosas, discretas al migrar de lengua, siempre bien pronunciadas y entonadas en el español que hablamos en México.

II

No pretendo con estas citas hacer una promoción de la edición prometida para septiembre u octubre de la cuarta edición de El cementerio marino, y creo que está lejos de mi costumbre la recurrida práctica de la autocultivación. Pero me parece que resumen, en lo que dice Mestries, la importancia de la obra; y en lo que escribe Jiménez el sentido preciso que enfiló mi esfuerzo de traslado del poema de Valéry del francés al mexicano (literalmente: al mexicano).

Transcribo por ello aquí, en consecuencia, un comparativo simple de mi traducción de una de las estrofas (acaso la más conocida) con la que en su momento integró su primer gran traductor, el gran poeta Jorge Guillén, con el ánimo de tratar de mostrar, apoyándome en el propio criterio del lector, dónde creo se encuentran algunas de las claves-eje del esfuerzo: en honor simple y llano a Valéry, poeta universal tan presente –y necesario– en nuestro “ahora”.

Ce toit tranquille, où marchent des colombes,
Entre les pins palpite, entre les tombes;
Midi le juste y compose de feux
La mer, la mer, toujours recommencée!
Ô récompense après une pensé
Qu’un long regard sur le calme des dieux!

Jorge Guillén (1930):

Ese techo, tranquilo de palomas,
Palpita entre los pinos y las tumbas.
El Mediodía justo en él enciende
El mar, el mar, sin cesar empezando…
Recompensa después de un pensamiento:
Mirar por fin la calma de los dioses.

Julio Moguel (2009):

Ese techo tranquilo que cruzan las palomas
palpita entre los pinos, entre las tumbas;
Mediodía el justo enciende allí sus fuegos
el mar, el mar que siempre recomienza!
¡Qué recompensa así, después de un pensamiento,
mirar sin prisa alguna la calma de los dioses!

III

Pero creo que, ya sin ningún comparativo –el lector podrá hacer ese ejercicio con alrededor de 40 versiones que podrá encontrar en el escenario editorial– ir a la estrofa XVI del mencionado poema para poder encontrar al Valéry que necesitamos leer en toda su fuerza, belleza y su potencia:

Les cris aigus des filles chatouillées,
Les yeux, les dents, les paupières mouillées,
Les sein charmant qui joue avec le feu,
Le sang qui brille aux lèvres qui se rendent,
Les dernieres dons, les doigts qui les défendent,
Tout va sous terre et rentre dans le jeu!

Los agudos gritos de exaltadas jóvenes,
los ojos, los dientes, los párpados mojados,
los senos candorosos que juegan con el fuego,
la sangre que brilla en los labios rendidos,
los últimos dones, los dedos que los cuidan,
¡Todo va bajo tierra y se implica en el juego!

La estrofa es sensual y “demasiado humana”. Y es la que muestra, por ello, más que cualquier otra del poema, el deseo de Valéry de mantener la exaltación o el éxtasis que viene del “sentido de la vida” en el orden más simple y llano de la mundanidad (términos “humanos” o “demasiado humanos” que adquieren una sobredimensión de sentido y tono al ser confrontados con la muerte).

“¡Todo va bajo tierra y se implica en el juego!”: la última línea de esta estrofa habla de esa relación íntima de elementos que, al “jugar” entre ellos, adquieren su sentido de “ser” y se “forjan” (en su transformación se forjan; se transforman “forjándose”). La idea de “juego” que aquí se presenta hace a un lado cualquier primacía de la voluntad, sea ésta divina o de precedencia humana.

Es entonces “la cosa misma” la que se mueve y cambia (será “el primado del juego frente a los jugadores”, en el planteamiento de Gadamer).

IV

¡Y qué decir de la última estrofa! Aquí sólo en su trazo:

Le vent se lève!… Il faut tenter de vivre!
L’air immense ouvre et referme mon livre,
La vague en poudre ose jaillir des rocs!
Envolez-vous, pages tout éblouies!
Rompez, vagues! Rompez d’eaux réjouies
Ce toit tranquille où picoraient des focs!

¡El viento se levanta!… ¡Hay que intentar vivir!
¡El aire inmenso cierra y reabre mi libro,
¡La ola pulverizada osa brotar de las rocas!
¡Vuelen, páginas deslumbradas!
¡Rompan, olas! ¡Rompan con aguas jubilosas
ese techo tranquilo donde picoteaban las velas!

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