Signo y verbo en la revolución cinética de López Obrador

por Julio Moguel diciembre 3, 2018 5:47 pm

Julio Moguel I En la cuenta positiva de los elementos que hicieron triunfar a Andrés Manuel López Obrador en su larga carrera por la Presidencia no cabe sumar, en mi opinión, sólo lo que compete a los contenidos ideológicos y políticos de sus posicionamientos y a las capacidades derivadas de su liderazgo carismático. Se requiere […]

Julio Moguel

I

En la cuenta positiva de los elementos que hicieron triunfar a Andrés Manuel López Obrador en su larga carrera por la Presidencia no cabe sumar, en mi opinión, sólo lo que compete a los contenidos ideológicos y políticos de sus posicionamientos y a las capacidades derivadas de su liderazgo carismático. Se requiere agregar las formas en que integró, con su equipo o con su movimiento acompañante, un robusto bagaje de signos y de significaciones emblemáticas, desarrolló una lógica particular de comunicación verbalizada “con el pueblo”, y moduló el sentido de las temporalidades cinéticas de su quehacer político.

En cuanto a las relaciones entre “el signo” y el esquema de su comunicación verbalizada con el pueblo, pasan lista ideas o fórmulas como las del nombre de su partido político: Morena, color de piel y feminización de nuestro origen, en la representación muy mexicana de nuestro signo-madre retratado en la imagen de la Virgen; como la que compromete el marco histórico de su promesa transformadora: “La Cuarta Transformación de México”, que hace pensar de un solo golpe de mira en las tres transformaciones anteriores y en la profundidad y alcances de la que se promete; como la que se expresa en la conversión de Los Pinos en un espacio de cultura y convivencia abierto al más amplio público, logrando así la desacralización del bunker-signo de la tecnocracia política en desgracia; o como la que se significa en la desaparición del Estado Mayor Presidencial, ominoso aparato de seguridad que por décadas estuvo al servicio del Tlatoani sexenal en turno.

A lo que se agregan simbolismos o valores que se expresan en “lo que se hace” o en los hechos cotidianos de la mencionada trayectoria militante: como viajar en aviones comerciales comunes y corrientes; recorrer las calles o los pueblos en contacto directo con la gente; o irse a descansar y a convivir en familia o con amigos a “La Chingada” (nombre del rancho de AMLO, en Tabasco).

Varios de estos signos-símbolos y de los elementos que conforman ya su particular manera de dirigirse o de establecer contacto con la gente se vieron presentes el pasado 1 de diciembre, en su toma de mandos del gobierno. Con novedades históricas relevantes en la aparición del nuevo modelo de “ser y de comunicar” desde el poder presidencial, como el representado por la ceremonia de “purificación”, en el Zócalo capitalino, en la que una digna representación indígena le entregó el bastón de mando en nombre de los 68 pueblos originarios de México.

 

II

Lo señalado hasta aquí ha sido considerado de una u otra forma por muy distintos medios y analistas, pero hay un tema relativo en torno al “fenómeno AMLO” y a su(s) triunfo(s) poco o nulamente valorado, a saber: su manejo del tiempo o de los tiempos, en un par de coordenadas que se inscriben alternadamente en “la lentitud” y “lo extenso”, por un lado, y en “la velocidad y “lo intenso”, por el otro.

Digámoslo rápido: AMLO entendió desde muy temprana hora que su perspectiva de lucha tendría que perfilarse en y desde un proceso temporal que acabaría por contarse por lustros o por décadas (18 años, por lo menos, si contamos desde su triunfo electoral como Jefe de Gobierno del Distrito Federal), pero en una línea cronológica en la que lo que se proyectaba como válido era el “día a día” del proceso: en el “sólo por hoy” de una perspectiva que, valga aquí decirlo, rompe con el trascendentalismo acostumbrado en las formas de pensar del político común, asume sin reparo las determinantes contingentes, incorpora el azar como valor importante del hacer, y asume que el error no cuenta necesariamente como un saldo negativo en la acción política.

Con un vuelco inesperado en la configuración de un “tiempo propio” disruptivo y revolucionario en los escenarios políticos: cuando, siendo Jefe de Gobierno del Distrito Federal, decidió que su primera hora de trabajo sería a las 6 de la mañana, con conferencia de prensa cotidiana en ese mismo tiempo, cumpliendo en ese trance dos objetivos imbricados: a) el de marcar al día la agenda de gobierno; b) el de comunicar(se) cotidianamente con la gente, conquistando así con resonancia las primeras planas de los diarios, las primeras imágenes televisivas o las primeras voces radiofónicas.
El pasado 1 de diciembre, ya en el Zócalo, AMLO puso particular énfasis en que mantendría dicha práctica madrugadora, lo que da credibilidad a su compromiso, en su toma de protesta en el Congreso, de “trabajar 16 horas” cada uno de los días del sexenio.

 

III (Nota complementaria)

“También para la filosofía es necesario descubrir la lentitud”. O la rapidez, en “la movilidad lateral” que pudiera imponerse frente a la “movilización” desenfrenada del capital neoliberal y sus políticos profesionales (Peter Sloterdijk, en Eurotaoísmo). Ambos polos cinéticos, útiles para el análisis, considerados en este caso en la dialéctica de su imbricación: “lentitud”, por un lado, que opera al ritmo y en la extensión a los que obliga el “día a día” o el “sólo por hoy” de una larga marcha temporal que no basa sus impulsos en proyecciones finalistas; “rapidez”, por otro, que se transforma en “intensidad”, con una fuerza de cambio que desmonta la temporalidad política acostumbrada por “el sistema”.
La 4ª Transformación se perfila entonces con cambios en prácticamente todos los terrenos. En aterrizajes que, como en el tema de “la temporalidad” o “las temporalidades” desde sus posibilidades cinéticas, puede ubicarse en el marco de una “teoría del movimiento civilizador, [de] una teoría en la que la vital diferencia entre movilidad y movilización se ofrezca como criterio de una ética alternativa.” (Sloterdijk)

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