‘Al tratar como invasores a los migrantes, borramos su individualidad’: Rodrigo Reyes

por Redacción AN / HG junio 14, 2019 9:04 am

El cineasta mexicano estrena ‘Lupe bajo el sol’, un filme sobre la depresión entre los indocumentados.

Por Héctor González

En franca vejez Lupe (Daniel Muratalla) cuestiona su permanencia en los campos de California. El mexicano cruzó la frontera como muchos otros indocumentados. Tras años de levantarse todos los días a las cuatro de la mañana y hacer lo mismo, el anciano se cuestiona dónde quiere morir. Sus dudas lo obligan a restablecer el contacto con su familia mexicana, con quienes además tiene bastante tiempo sin hablar. A partir de una historia personal, el realizador Rodrigo Reyes dirige Lupe bajo el sol, película donde aborda la depresión que padecen los migrantes.

El estreno de tu película coincide con un momento donde la migración está en el centro del debate. ¿Qué te lleva a filmar Lupe bajo el sol?

Llegué a la historia por una cuestión muy personal. Uno de mis abuelos se fue de bracero muchos años. Cuando lo conocí ya era un hombre mayor y un ídolo para mí. Tras su muerte comenzaron a circular sus historias y descubrí que durante uno de sus viajes se quedó perdido durante cinco años. La gente llama “perdidos”  a quienes dejan de dar señales, no avisan donde están, ni mandan dinero.  La idea de que mi abuelo desapareciera y luego regresara de la nada me perturbó. Escarbé en el tema y al ver que hay muchos casos pensé en hacer una película. Los barrios de California están llenos de hombres que rompen los lazos familiares de buenas a primeras a causa de la depresión.

¿El cine te ayudó a sanar la impresión o herida que implicó descubrir la historia de tu abuelo?

Creo que sí. Ahora te lo platico muy fácil, pero al principio fue complicado. Sentí una necesidad visceral de hablar del tema y la película resultó catártica. Gracias a Lupe bajo el sol pude compartir con Daniel, el actor, quien es de la misma región de mi abuelo. El cine me permitió reparar la relación. A lo mejor esto suena muy íntimo, pero me gustaría que lo viéramos a nivel macro. Al tratar como invasores a los migrantes, borramos su individualidad. Quizá no son hombres pulcros, pero son nuestros abuelos y en muchos sentidos nuestros héroes.

¿Cuándo se habla de un tema como la migración cómo no caer en la victimización?

A mí no me interesaba victimizarlos porque eso equivale a incluirlos en una narrativa externa. Los hombres que exploré en mi investigación son muy chambeadores, pero también comenten actos cuestionables. Lupe comienza una relación con otra pareja y enfrenta la necesidad de resolver los pendientes con su familia en México. La depresión nos hace cometer errores y yo no lo quería juzgar, sólo quería mostrar su dilema existencial: ¿vuelvo o no vuelvo?

Además es una película que apela a la soledad. El primer diálogo ocurre superado el minuto veinte…

No me interese acatar un modelo tradicional para contar una historia. Prefiero adaptarme a los ritmos que lleva la vida. Tuve la fortuna de ir al campo con mi padre durante los veranos y pude convivir con esos hombres. La historia se apega a ese ritmo. Lupe no habla sino es absolutamente necesario, primero porque está deprimido y segundo, porque no tiene el lenguaje para expresar lo que siente.

¿Cómo guiaste a Daniel a través de la depresión?

Al principio iba a hacer un documental sobre la depresión en los hombres migrantes. Conformé avanzó el proyecto, descubrí que necesitaba de las herramientas de la ficción para aproximarme más a los temas que me interesaban. Así nació la idea de trabajar con actor natural, sin formación clásica, pero que sí hubiera vivido en estos espacios. Mi papá es amigo de Daniel y me contactó con él, quien ya tenía toda esta información emocional.  Una amiga me recomendó no mostrarle el guión y menos pedirle que lo preparara, eso implicaría imponerle un modelo. Lo guié por medio de un pacto de confianza que me permitía ponerlo en situación. El modelo funcionó muy bien porque en la vida real Daniel es muy distinto al personaje.

La película planteas un cuestionamiento a la enajenación que genera la rutina. Lupe se despierta todos los días a las cuatro de la mañana y siempre hace lo mismo.

Quería hacer una crítica a todo ese engranaje a partir de quienes están hasta abajo. La rutina avasalla a Lupe y es cuando empieza a cuestionarse y a deprimirse por una crisis existencial que lo lleva a preguntarse: ¿dónde quiere morir?

La historia transcurre en ambientes áridos afines a una recreación estética de la depresión.

Trabajé mucho con el fotógrafo Justin Chin, quien me comentó que la historia le remitía a Las uvas de la ira, de John Steinbeck y en general en la época de la depresión estadounidense de los años treinta. Al encuadrar siempre nos cuestionábamos si la toma transmitía la sensación de soledad. Para mostrar el punto de vista de un personaje necesitamos sumirnos en él y en sus tensiones.

¿Qué piensas acerca de la postura que toma México respecto a los migrantes centroamericanos?

Ya nos quedó claro para Donald Trump, el mexicano representa al villano. Para el país esto supone un reto existencial porque tendremos que decidir entre ser el coro del drama o defender la dignidad de los migrantes. Es algo muy complejo porque en términos económicos se puede medir un daño específico, pero también se deben ponderar los daños morales. México es el país que más ha exportado migrantes después de India. Trump quiere que hagamos el trabajo sucio y a nosotros nos toca cuestionarnos si vale la pena.

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