La derrota en la renegociación del TLCAN (Artículo)

por Redacción AN octubre 14, 2018 4:05 pm

En su colaboración, Carlos Herrera de la Fuente escribe que el USMCA "no es más que un TLCAN reformulado para mayor beneficio de EU".

Por Carlos Herrera de la Fuente*

Tal como lo señalamos hace más de dos años en este mismo espacio (“Trump: fascismo y liberalismo”, AN, 31 de agosto de 2016), cuando Trump era todavía candidato a la presidencia de EU, las amenazas del magnate de sacar a su país del TLCAN en caso de llegar al poder no eran más que un estratagema adelantado para conseguir la firma de un tratado más benéfico para su país y más agresivo para los otros dos socios.

Y, como también lo previmos, las torpes autoridades políticas mexicanas, apoyadas de cerca por los ideólogos más obtusos, cómplices del desastre económico-político del México contemporáneo, cayeron por completo en la trampa.

Porque en ningún momento, y desde ninguna consideración, Trump tuvo la menor intención de salirse de ese tratado que le ha otorgado a EU y a sus firmas los mayores beneficios y dividendos imaginables.

Esto es lo que argumentamos aquella ocasión: “…cuando un neoliberal recalcitrante como Enrique Krauze (El País, 26 de julio de 2016) dice que, de llegar Trump a la presidencia de Estados Unidos, México estaría al borde de una nueva guerra con el país vecino, sólo que ahora de índole comercial y económica, no militar, y señala como punto grave el posible abandono del TLCAN por parte de la potencia del norte, lo primero que habría que preguntar es lo siguiente: ¿no ha sido hasta ahora el TLCAN la principal arma de guerra comercial de EUA contra nuestra nación?

Porque gracias a ese tratado y a las reformas neoliberales internas que lo acompañaron lo que tenemos en nuestro país es un campo destruido, una industria nacional desestructurada, una migración creciente, una multiplicación de los espacios dedicados al cultivo y trasiego de drogas, desempleo y (cuando los hay) empleos de pésima calidad, etc.

El TCLAN fue, desde hace más de veinte años, la declaración formal de la guerra comercial de EUA contra México. […]. “En los hechos, Trump no pretende abandonar el TLCAN (no le convendría de ninguna manera), sino renegociarlo para que las empresas estadounidenses (incluidas las suyas, por supuesto) sean aún más beneficiado por él. Por eso moviliza la frustración de los sujetos afectados por el funcionamiento de la economía y la dirige contra otro grupo nacional (los mexicanos), con la finalidad de que el problema se presente como una cuestión de confrontación
étnica que le permita tener una amplia base de apoyo para impulsar la renegociación (en lugar de preocuparse por profundizar en las causas reales del desempleo y la precarización del trabajo).

“En el fondo, lo que quiere Trump es lo mismo que todo fascista: continuar las políticas comerciales y económicas liberales de una manera más agresiva, cínica y descarnada en
beneficio de su propia comunidad nacional”.

Hasta aquí esta rememoración. Las amenazas constantes de Trump contra el TLC sólo sirvieron para asustar a nuestros gobernantes y a los representantes mexicanos en la renegociación, de tal forma que éstos se sintieron obligados a aceptar las condiciones impuestas por Trump antes que permitir que se rompiera unilateralmente cualquier posibilidad de un acuerdo de libre comercio entre los tres países miembros del TLC.

Por si fuera poco, en un alarde de arrogancia imperial, durante la misma renegociación, Trump le impuso a México, Canadá y la Unión Europea un doble arancel a la importación de acero y al aluminio de 25 y 10%, respectivamente.

En lugar de responder con dignidad e inteligencia a la amenaza de abandono y aceptar la posibilidad de suspender el tratado, como lo llegó a hacer el gobierno de Canadá, las autoridades
mexicanas insistieron una y otra vez que por nada del mundo estarían dispuestas a abandonar el TLCAN, lo cual dio la ventaja absoluta a Trump para obtener justamente lo que quería. ¿Y qué
es lo que quería? Por lo que se puede extraer de los resultados de la renegociación, el rescate de la industria automotriz estadounidense y los sectores a ella vinculados (el del acero y aluminio, en este caso).

Veamos los dos puntos más importantes considerados en el ahora llamado Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá (USMCA, por sus siglas en inglés) en relación a este sector:

1) Se imponen reglas más estrictas para la fabricación de automóviles. Se pasa de la obligación de 62.5% de contenido regional a 75%, lo que limita aún más la posibilidad de importar componentes más baratos de otras regiones.

2) Entre un 40 y 45% de los automóviles producidos en la región deberán fabricarse “en zonas de salarios de al menos 16 dólares la hora, lo que beneficia a Estados Unidos y Canadá” (La Jornada en línea, 1 de octubre de 2018).

Simplemente con estas dos modificaciones (más los aranceles arriba mencionados), Estados Unidos asegura dos cosas: 1) la limitación de importaciones de insumos y componentes de automóviles provenientes de China (el principal enemigo comercial de EU) y 2) el incremento del empleo en el sector automotriz en su país, porque de ninguna manera México podrá asumir los elevados costos laborales que exige el segundo punto (en los hechos, el mayor atractivo que ofrecía y ofrece México para promover la inversión extranjera directa en el país son sus bajos salarios).

Así, de esta manera, la que se presumía como la industria más dinámica y con mayor crecimiento durante la era del TLCAN será seriamente perjudicada por las nuevas reglas que impone el USMCA (que no es más que un TLCAN reformulado para mayor beneficio de EUA).

No obstante, a pesar de esta realidad, vale la pena relativizar la importancia de la “industria automotriz mexicana” en la región, con la finalidad de no caer en la sobrevaloración que llevan a cabo los economistas neoliberales a la hora señalar la importancia de los acuerdos de libre comercio, los cuales, como ha insistido correctamente Immanuel Wallerstein a lo largo de décadas, siempre son anti-libre comercio (Immanuel Wallerstein, “Los tratados de libre comercio son anti libre comercio”, La Jornada, 23 de agosto de 2015), porque están hechos para beneficiar a las economías más poderosas y fortalecer los vínculos de dependencia de las más atrasadas.

En primer lugar, consideremos el peso de la región en la generación mundial de automóviles. Estados Unidos, Canadá y México aportan el 19.1% de la producción mundial de automóviles, esto es, alrededor de 18 millones 165 mil 870 autos anualmente (cifras del año 2016). De este total, EU produce el 67.1%, México, el 19.8%, y Canadá, el 13.1%. Como se puede observar, la mayoría absoluta de la producción regional está dominada por EU.

No obstante, esta situación es proporcionalmente diversa a la de 1994, año en que comenzó el tratado. En ese año, EU generaba el 78% de los autos de la región, mientras que Canadá, el 15%,
y México, el 7%. Es decir, de 1994 a 2016 la participación de EUA en la producción regional de automóviles bajó casi 11 puntos porcentuales, la de Canadá, 2, y la de México subió 12.8% (“¿Cómo anda el sector automotriz en la región del TLCAN ante la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte?”, Yolanda Carbajal Suárez y Berenice Carrillo Macario, Publicaciones, UAEMEX, enero-marzo, 2018, p. 12).

El objetivo del USMCA, entonces, es revertir la situación presente y hacer que EUA recupere, sino la totalidad, casi todos los puntos porcentuales perdidos en los últimos 24 añosEsto es, inclinar la balanza a favor de EU para que el estado de cosas vuelva a estar en la misma situación, o en una muy aproximada, que la de 1994 (sin que EU haya perdido nunca la hegemonía absoluta en dicho sector en la región del TLCAN). Pero todavía hay algo que agregar.

De todas las empresas que producen automóviles en México y que se benefician de las reglas del TLCAN, ninguna es mexicana. Ordenadas por su peso en la producción nacional de autos ligeros, las empresas son las siguientes: Nissan (22.8%), General Motors (20%), FCA México (16.6%), Volkswagen (12.6%), Ford Motor (8.9%), KIA (5.7%), Honda (5.6%), Toyota (4.1%) y Mazda (3.8%). En 2017, estas empresas produjeron 3.77 millones de automóviles y exportaron 3.1 millones, esto es, el 83.7%. De todas estas exportaciones, EUA adquirió el 75.3%. (Ibíd., p. 14).

Finalmente, del lado de las importaciones, el insumo más importante en la producción de automóviles, el acero, es comprado por México, casi en su totalidad, a empresas de EUA (lo que explica el interés de este último país en subir los aranceles). Por si fuera poco, como dice un artículo de Forbes del año 2015, tanto el diseño como el desarrollo “de piezas y materiales, lo que tiene más valor en un vehículo, viene de fuera y nada indica que eso vaya a cambiar (“¿De verdad México es importante en la industria automotriz?”, Zacarías Ramírez Tamayo, Forbes, México, abril 15, 2015).

De estos pocos datos, podemos extraer algunas conclusiones:
1) La “industria automotriz mexicana” no es en realidad mexicana, sino extranjera, con concesionarios mexicanos que se benefician, principalmente, de la producción para la
exportación aprovechando los pésimos salarios de los obreros en México. Es a estos empresarios a los que ha defendido el Estado neoliberal mexicano, no a los trabajadores, a quienes se les ofrece siempre empleos de mala calidad y con prestaciones laborales cada día más lamentables.

2) La industria automotriz no genera cadenas productivas sólidas porque gran parte de los insumos para la producción de autos siguen siendo importados y los productos finales están destinados, principalmente, al extranjero.

3) Lo que quieren Trump y EUA con el USMCA no es destruir la “industria automotriz mexicana”, en realidad inexistente (por las razones que se acaban de esgrimir), sino lograr que sus empresas inviertan en su país y no en el extranjero. Es decir, lo que busca el gobierno estadounidense es redirigir las políticas de inversión de sus propias empresas para promover el desarrollo económico en su país.

Durante los últimos 30 años, toda la política productiva y comercial de México se ha encaminado a privilegiar la relación económica con EUA y a desestructurar las cadenas industriales del país, en beneficio de un grupo muy concentrado de capitales que ni siquiera tienen el control pleno del sector en el que invierten, sino que fungen como representantes o concesionarios de empresas transnacionales, principalmente de matriz estadounidense.

Ahora, con las nuevas políticas comerciales cada vez más agresivas del país vecino, ni siquiera esos capitales se encuentran a salvo de los procesos de intercambio económico. Por ello, para México, la conclusión es clara: la era de los tratados de libre comercio (que, en realidad, sólo favorecen a las economías más desarrolladas) debe llegar a su fin.

Es hora de privilegiar el desarrollo de la industria nacional y el mercado interno, y, a su vez, diversificar las relaciones comerciales con otros países, teniendo siempre en claro que México, por ser una economía dependiente y periférica, no puede competir de igual a igual con los países más desarrollados económicamente.

Es hora de proteger nuestra economía y a sus trabajadores, no a un grupo concentrado de capitales, por demás antinacionales y corruptos, que sólo se preocupan por llenar sus arcas sin preocuparse de impulsar el crecimiento económico del país.

No hay nada que celebrar con la renegociación del viejo tratado de libre comercio que, ahora, por conveniencia del imperio y su emperador, se llama USMCA. Lo mejor sería que, un día, ese tratado pasara a ocupar un lugar de menor importancia en las relaciones comerciales de México.

Tal vez así podríamos empezar a vislumbrar la luz al final de ese largo, sinuoso y terrible túnel del neoliberalismo económico.

*Carlos Herrera de la Fuente (México, D. F., 1978) es economista, filósofo y poeta. Licenciado en economía y maestro de filosofía por la UNAM; doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg, Alemania. Es autor de los poemarios Vislumbres de un sueño (2011) y Presencia en fuga (2013), así como de los ensayos Ser y donación. Recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger (2015) y El espacio ausente. La ruta de los desaparecidos (2017). Es profesor de la materia Teoría Crítica en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y de Literatura alemana en Casa Lamm. Ha colaborado en las secciones culturales de distintos periódicos y revistas nacionales.

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