Globalización y la peste: el turno del coronavirus | Artículo

por Julio Moguel marzo 17, 2020 3:33 pm

Julio Moguel aborda el "miedo al miedo que desestructura o afecta en sus esencias al 'sistema económico'".

Por Julio Moguel

I

El 30 de enero el coronavirus fue declarado por la Organización Mundial de la Salud como una Emergencia de Salud Internacional. Fue hasta cuarenta días después que la OMS reconoció que la emergencia se había convertido en pandemia. El retraso en declarar la presencia general del virus como pandemia tuvo sin duda, entre sus motivos, el miedo a desatar el miedo generalizado entre los terrícolas vivientes. Pensando quizás que la propagación del miedo o del terror podía llegar a ser más grave que la del virus nacido en el Oriente.

Ese miedo al miedo tiene en los tiempos modernos algunas razones menos “humanitarias” que las que muchos pudieran imaginar: se inscribe muy directamente en los pánicos que afectan o que pueden afectar la vida comercial y las ganancias; o en los pánicos que afectan o puedan afectar las relaciones ligadas a los sistemas y normas políticos vigentes.

El tema da para mucho, pero me concentro aquí en tres ítems de interés: a) El miedo al miedo que desestructura o afecta en sus esencias al “sistema económico” (deshumanizando por ello en muchos sentidos la perspectiva de combate a la pandemia); b) El miedo de los políticos-políticos a que el miedo por la fuerza de la transmisión universal de un virus, exponencialmente destructivo, modifique en su esencia todas las reglas predeterminadas entre “el pueblo y el gobierno”; c) La relación de una pandemia, en sus efectos de desastre, con reanimaciones dominantemente colectivas, para “rearmar la vida” y darle a ésta en definitiva otro(s) sentido(s), poniendo en jaque en definitiva normas y estructuras decadentes del status quo.

Foto: Reuters

II

En el siglo XIV el saldo global producto de la peste negra se calculó en unos 25 millones de decesos. Giovanni Boccaccio, en el Decamerón, eterniza en letra la desgracia del azote del flagelo, que en 1348 destruye Florencia en unos cuantos días. Allí aparece, acaso por primera vez, la caída de un mundo moral y políticamente establecido que antes de la llegada del mal pensaba sobre todo en sus futuros promisorios (Florencia era entonces un polo comercial de grandes y prometedores vuelos).

Pero en el Decamerón aparece a la vez lo que la peste es capaz de generar a contrapunto: la de un grupo de jóvenes que, en el aislamiento para protegerse del desastre, logran hacer volar su imaginación en historias que les ayudan a sobrevivir, con una “libertad de palabra y de invención que de otro modo jamás se hubieran permitido”, dando a “los apetitos [humanos] un valor ontológico”. El propio Boccaccio sufre en ese lance una profunda transformación personal a la que vale la pena referirse: “[…] la peste –la cercanía de una muerte atroz– lo humaniza, acercándolo a la vida de las gentes comunes, de las que hasta entonces […] había tenido noticia más bien distante”. (Los cuentos de la peste, Mario Vargas Llosa).

La peste ataca sin remedio en los siglos que siguen. Cien millones de muertos, acumulados, eran contabilizados en el mundo de manera más o menos gruesa hacia principios del XX. “La peste es imprevisible y mortal, contagiosa e irracional [y] extiende por el mundo el jugo negro o amarillo de los bubones que abre en los cuerpos”. La expansión de la peste –y del miedo o terror que lo acompaña– será “proporcional a la aceleración de los medios de transporte” (Patrick Deville, Peste & Colera -Prix de Prix 2012).

Hacia fines del siglo XIX y principios del XX la explosión es glocal: aparece sin aviso en un lugar específico, pero se expande en metástasis irrefrenables e imprevistas en multiplicados espacios “locales” del orbe. Thomas Mann retrata un caso concreto en la floreciente Venecia: cuando el protagonista principal de su novela (Muerte en Venecia), Gustav Aschenbach, turista alemán de prosapia aristocrática con galardones intelectuales y de academia, es atrapado por el mal en el círculo estrecho del gran y exclusivísimo hotel en el que descansa por un tiempo.

La peste se extenderá por varios días por la ciudad sin que, en su aislamiento cómodo y hedonista, él y otros clientes de la misma estirpe se enteren. Como en “La máscara de la muerte roja” de Edgar Poe, la muerte llegaba entonces a la ciudad “como un ladrón en la noche”, blandiendo su guadaña contra todos, aunque primero se ocupara de los pobres. El hecho simple y llano de tal desconocimiento de los turistas era que “las autoridades [habían seguido] con terquedad su política de silencio y negación [mientras que] El pueblo sabía todo esto y la corrupción de los de arriba, junto con la incertidumbre reinante y el estado de emergencia e inquietud en que sumía a la ciudad la inminencia de la muerte”.

III

Albert Camus entra en el realismo literario de la mayor altura para mostrar algunas de las “verdades” que revela la presencia inesperada de la peste. El escenario: la ciudad argelina de Orán; el tiempo: un año cualquiera de la cuarta década del siglo XX. Se trata de una ciudad complaciente y tranquila, ya entrada en la modernidad, que vive del comercio y que inflama sus aires con prometedores vientos de futuro. “[Los] conciudadanos trabajan mucho, pero siempre para enriquecerse. Se interesan sobre todo por el comercio, y se ocupan principalmente, según propia expresión, de hacer negocios. Naturalmente, también les gustan las expansiones simples: las mujeres, el cine y los baños de mar.” Pero hay algo aún más significativo en esta historia: Allí “lo más original […] es la dificultad que puede uno encontrar para morir”.

Repentinamente llega la peste. Pasan los días y miles de ratas y de gente mueren día a día por el mal, pero las autoridades locales “no se atreven a llamarlo por su nombre. La opinión pública es sagrada: nada de pánico, sobre todo nada de pánico”: esa es la consigna.

IV

La mirada de Boccaccio en torno a la paradoja de la peste, puesta en letras en el siglo XIV, reaparece con otros colores, tensiones y capacidades de revelación seis siglos después, cuando el 6 de abril de 1933 Artaud pronuncia en La Sorbona su famosa conferencia “El teatro y la peste”. Allí dice: “Como la peste, el teatro es una crisis cuyo desenlace es la muerte o la curación. Y la peste es un mal superior porque es una crisis total que sólo concluye con la muerte o con una purificación extrema”. […] La acción del teatro como la de la peste son benéficas, porque impulsan a los seres humanos a verse tal como son, hacen caer las máscaras, revelan la mentira, la apatía, la bajeza, la impostura; sacuden la inercia asfixiante de la materia que invade hasta las manifestaciones más claras de los sentidos; y al revelar a las comunidades su oscuro poder, su fuerza oculta, las incitan a asumir frente al destino una actitud heroica y superior que de otro modo no hubieran alcanzado nunca.”

En ambas perspectivas, la de Boccaccio en 1348 como la de Artaud en 1933, encontramos el denominador común: el dolor del ser humano, llevado a sus extremos, es capaz de iluminar radicalmente su ser y su conciencia. Dicho de otra forma, con palabras de Artaud, “sólo a través de la piel podremos hacer entrar la metafísica en los espíritus”.

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