Coronavirus: Ser, communitas y fiesta | Artículo

por Julio Moguel marzo 23, 2020 9:45 pm

En medio de “escenas de horror y de muerte” por la guerra, Morelos acude al recurso de improvisar fiestas sencillas en los puntos más expuestos a los fuegos del enemigo

Julio Moguel

I

El coronavirus está generando, en la conciencia pública y en las relaciones sociales y los sistemas políticos, un cambio radical, acaso nunca visto en la historia del mundo.

Obviamente se implica, en la idea de “la conciencia pública”, lo que compete a la percepción y a la conciencia propia de sus mónadas particulares –los individuos–, quienes ya no estamos seguros de lo que “somos” o “éramos” en la realidad de nuestro ser-global (nuestro ser glocal, podría decirse), comunitario (léase este término en la acepción latina de communitas que, si acudimos al léxico de Heidegger o Lévinas, debe entenderse como el Ser-con en-el-mundo). Nuestras “verdades”, hasta hace poco ubicadas aún dentro de ciertos márgenes de certidumbre, se desmoronan por días o semanas en el tiempo de la pandemia mundial del coronavirus.

Ya no es fácil encontrar en el pasado guías de certeza para orientar futuros. Lo que supone sin duda la necesidad de desarrollar un gran esfuerzo colectivo de reflexión sin ataduras doctrinarias y de conceptualización, pues, como señalaba Adorno, las ideas dominantes y “válidas” del “ahora” moderno se han convertido en “cadáveres conceptuales”.

Vuelvo ahora al punto en que dejé mi reciente artículo en este espacio. Me refería entonces a la mirada de Boccaccio en el Decamerón sobre la peste en Florencia, en 1348, cotejada con la visión de Artaud en 1933 sobre el teatro y la peste. Con la conclusión de que, no obstante la distancia temporal entre estos pensadores, ambos habían llegado a la conclusión de que “el máximo dolor” desde el escenario de la peste negra podían ser “benéficos”, porque –en palabras de Artaud– “impulsan a los seres humanos a verse tal como son, hacen caer las máscaras, revelan la mentira, la apatía, la bajeza, la impostura; sacuden la inercia asfixiante de la materia que invade hasta las manifestaciones más claras de los sentidos; y al revelar a las comunidades su oscuro poder, su fuerza oculta, las incitan a asumir frente al destino una actitud heroica y superior que de otro modo no hubieran alcanzado nunca.”

II

Peter Sloterdijk habla sobre el tema desde una lectura del Decamerón, aportando elementos fundamentales para la reflexión. En uno de sus textos más conocidos, el filósofo alemán considera que el libro de Boccaccio aún puede leerse “como una pieza maestra sobre la conexión entre lo festivo regenerador y la política en pequeño formato”. Vale la pena aquí transcribir una parte de esas líneas:

Después de que la peste irrumpiera en Florencia [en 1348] se desmoronaron todos los vínculos civiles y humanos […], como si una peste psíquica se hubiera superpuesto a la peste física. La estancia en la ciudad se convierte para los supervivientes en una pesadilla; los jóvenes florentinos [que se aíslan para protegerse de la enfermedad, y que inician un ejercicio de “contarse historias” ajenas al drama, J.M.] hablan de la posibilidad de la pertenencia mutua tras la ruina de la forma política.

“La pertenencia mutua tras la ruina de la forma política”: idea que, aparecida como producto de los diálogos juveniles, implica un efecto colectivo de “revelación”, en el que emerge el sentido esencial de un communitas fértil en su posibilidad reconstructiva, y que produce, en la propia conceptualización construida por Sloterdijk,

La lección decisiva de todas las ciencias antropológicas modernas: si los grandes órdenes se parten en dos, el arte de la pertenencia mutua sólo puede comenzarse de nuevo desde los órdenes pequeños. La regeneración de los seres humanos por obra de los seres humanos presupone un espacio en el que, por la convivencia, se inaugure un mundo. (P. S., En el mismo barco)

Se establece así, redonda, la ecuación que debe ser utilizada en nuestro texto: el coronavirus ha partido “los grandes órdenes [mundiales, nacionales] en dos” (valga la figura), de cara a lo cual puede encontrarse la “pertenencia mutua” desde “los órdenes pequeños”, en un cierto espacio en el que es posible “[re]inaugurar un mundo”. (En otros textos, esta perspectiva será desarrollada por el propio Sloterdijk bajo la idea de una relación universal de “microesferas”, espacios-mundo de proximidad humanos en los que la tensión del “nosotros” o de “lo común” con el “ser individual” crea sus propias lógicas inmunológicas de vida colectiva y sobrevivencia; pero también de articulación o relación creativas y transformativas con las otras “microesferas” del planeta).

III

Sobre el punto mencionado no faltan ejemplos en la historia del mundo. Uno de ellos, en México, es toda una revelación. Recordemos a Morelos y a sus tropas cuando son sitiados en Cuautla, en el momento en que prácticamente todos los cercados por el fuego de las fuerzas realistas se convencen de que no tienen más futuro que la muerte pronta.

Julio Zárate, en México a través de los siglos, escribe las siguientes perlas:

[…] Las provisiones del ejército [insurgente] se habían agotado y los comestibles del pueblo terminaron […]. Las madres veían morir a sus pequeñuelos porque sus pechos no eran ya el manantial de la vida. [Las] ranas, lagartijas, ratones e iguanas eran pasto delicioso de aquellos hambrientos. Y el hambre, la sed, el calor, el alimento malsano, la vigilia, trajeron la peste a los sitiados […]; cada día sucumbían al furor de la peste treinta o más individuos; no había tiempo ni espacio para enterrar los muertos, y se hacinaban los cadáveres en los atrios de las iglesias y entre los escombros, infestando la atmósfera […]

Pero resulta que, en medio de “estas escenas de horror y de muerte”, Morelos acude al recurso de improvisar fiestas sencillas en los puntos más expuestos a los fuegos del enemigo […]; y allí muchas tardes, al alcance de las balas, tomaba parte en los bailes […]. Todo era animación en aquel campamento azotado por el hierro, el hambre y la peste. Los disparos de los cañones realistas no eran bastantes [para] terminar las fiestas, y cada uno de ellos era recibido con aclamaciones y vivas a la Independencia […]

IV

Se viven pues en el Decamerón, o en el teatro de Artaud, o en el sitio de Cuautla, experiencias que corren de manera equiparable en muy distintos sentidos en la misma dirección en la que corre el drama de la actual pandemia.

Desde esos puntos tan distantes en el tiempo, “la ruina de la forma política” deriva necesariamente en una biopolítica que, en sus claves transformativas, lleva a que emerja en pieza y en conciencia el ser humano como un “ser humano desnudo” o en su “nuda vida” (Agamben). Éste, en tales condiciones, desde su ser individual y en o desde su communitas, puede reencontrar la “pertenencia mutua” y ser capaz así de construir o reconstruir “un mundo”, y, con ello, construir o reconstruir al mundo todo de otra forma.

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