‘Necesitamos crear condiciones para un debate más informado y mejor’: José Woldenberg

por Redacción AN / HG agosto 25, 2019 10:54 am

El académico y ex consejero electoral advierte la necesidad de contar con una sociedad civil más robusta.

Por Héctor González

La democracia mexicana es perfectible, como todas, piensa José Woldenberg (Monterrey, 1952). Sin embargo, desde hace varios años, quien fuera Consejero Presidente del entonces Instituto Federal Electoral, ha detectado que el descontento generado a raíz de que la transición democrática no ha traído los cambios sociales esperados, va en aumento. A fin de contribuir a un debate serio y ajeno a la inmediatez de la coyuntura publicó primero Cartas a una joven desencantada con la democracia (Sexto Piso) y recientemente, En defensa de la democracia (Cal y arena).

Me parece que sus libros más recientes parten de la percepción de un desencanto de la democracia.

Sin duda alguna hay un desencanto de la democracia, pero en éste último libro intento detectar los nutrientes del desánimo para atenderlos. Al mismo tiempo se trata de un alegato a favor de lo construido. Entiendo que el desencanto es fruto de la enorme corrupción que se ha vivido en la vía política, de la violencia y la inseguridad. Pero también tiene relación con las desigualdades sociales que no acaban de generar un mínimo de cohesión social. Alguien dirá que las desigualdades han estado ahí toda la vida y es cierto pero la promesa que porta la democracia es también la de la igualdad.

Ante ese panorama no es difícil desencantarse…

Razones para el desencanto hay muchas y por eso es entendible, pero en los últimos años también construimos muchos elementos democráticos: un sistema de partidos plural, elecciones competidas, alternancia a todos los niveles, congresos plurales y mayor libertad. Se han creado órganos estatales autónomos, incluso aparecieron organizaciones de la sociedad civil que pusieron sus agendas sobre la mesa e hicieron que la agenda política fuera más rica e interesante. Hay que saber valorar todo eso.

¿Cree que en la dinámica de la 4T no se está valorando?

Creo que por desgracia no solamente en el gobierno sino en toda la sociedad, el desencanto hace que esa etapa se borre. Es más, en el discurso oficial actual prácticamente no hay alusión al tránsito democratizador en México. Me parece preocupante porque si no se valora lo que se construyó se puede erosionar y reblandecer. Un país de nuestras dimensiones y con su complejidad requiere de un entramado institucional y normativo para que su diversidad pueda convivir de manera institucional y pacífica.

Dentro de este entramado, ¿se gasta mucho en los partidos políticos?

Los partidos políticos es un tema difícil en términos de opinión pública. Tienen dos fuentes de financiamiento: la pública y la privada. En 1996 se decidió que el financiamiento público sería preeminente, sobre el privado. Se optó por esta vía porque es la más transparente. Podemos saber cuánto dinero reciben y qué día incluso. En aquel entonces se dijo también, que era necesario equilibrar las condiciones de la competencia y para ello se optó por este mecanismo. Además, se consideró importante blindar a la política de la influencia perniciosa de los grandes grupos económicos y delincuenciales. Creo que esos tres objetivos se siguen manteniendo. Desde luego puede haber ajustes al financiamiento público pero creo que para una democracia y su salud, es fundamental que el financiamiento sea público.

¿El Instituto Nacional Electoral no tiene un presupuesto demasiado alto?

La verdad es que no estoy tan enterado al detalle, pero sí creo que el costo de nuestras elecciones tienen mucho que ver con las enormes tareas que se le encomiendan al INE y con la enorme desconfianza que existe por el otro. Hasta donde sé, el único instituto electoral en América Latina encargado de identificar a través de un padrón y credenciales a los electores es el INE. En la región, normalmente esa tarea la llevan a cabo las registradurías civiles y en Europa los ministerios del interior y a veces hasta la policía. Todos sabemos que la mayor parte de los recursos del INE van al padrón electoral. Ahora bien, la credencial se ha convertido de facto en una cédula de identidad, es decir, se computa como un gasto electoral cuando no debería serlo. En México quienes están en las mesas de casilla son ciudadanos sorteados y capacitados. Este procedimiento cuesta muchísimo, pero existe por la desconfianza. En otros lados en las casillas hay funcionarios públicos a quienes se les da un sobre sueldo y aún así sale más barato.

Pero ahora que tenemos aparentemente una democracia más plena, ¿no se podrían abaratar estos costos?

Se pueden abaratar por muchas vías. Escuché al doctor Lorenzo Córdova proponer que mutáramos al voto electrónico. Eso podría disminuir el presupuesto de nuestras elecciones. Quizá al inicio se requeriría una inversión fuerte pero a la larga habría un ahorro importante. Se pueden bajar los costos pero sin sacrificar la confianza.

En el libro sostiene que nuestra democracia es perfectible, ¿en términos concretos en qué se puede ajustar?

Cualquier democracia en el mundo es perfectible. A veces creemos que es una especie de terminal de ferrocarril y no, la democracia plantea en sí misma nuevos retos. Me encantaría saber cómo elevamos el nivel de la discusión política en nuestro país. En eso hay una responsabilidad de los partidos, los gobiernos, los medios y la academia. Necesitamos crear condiciones para un debate más informado y mejor.

Ahora que la Cuarta Transformación empieza a construir su narrativa histórica, ¿cómo cree que se están insertando fechas como 1988, 1994 o el 2000?

La narrativa de la Cuarta Transformación la siento prematura. Vamos a ver cómo transcurre la actual administración, cuáles son sus logros y cuáles sus déficits. Las tres fechas que señala son muy importantes en la historia democrática del país. En 1988 quedó claro que México ya no cabía bajo el manto de un solo partido político, que el país era una sociedad plural y al mismo tiempo fue claro que ni las normas ni las instituciones eran capaces de procesar los resultados electorales de manera limpia y transparente. El IFE y el Tribunal Electoral surgieron por eso. El año 1994 fue importantísimo, el proceso electoral estaba en curso cuando se dio el levantamiento del EZLN y en marzo el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Ambos eventos hicieron que los partidos políticos se sentaran a la mesa para garantizar que las elecciones transcurrieran de la mejor manera posible. Sobre la marcha se llegaron a acuerdos que transformaron el marco normativo del proceso electoral. 2000 fue la constatación de que el proceso de transición democrática había concluido. Para entonces las normas e instituciones permitían el cambio en el poder Ejecutivo por la vía de las urnas. Ojalá todo eso se recuperara porque es una historia de éxito para México.

Ahora la sociedad civil también está a debate en esta administración.

La sociedad civil no es ni un arcángel ni es el diablo. Una sociedad como la nuestra masiva, compleja y desigual, genera una serie de grupos organizados con intereses y preocupaciones propias que los ponen a circular en el espacio público. Hay expresiones de esta sociedad, buenas, ejemplares, malas y peores, pero esto representa la diversidad de agendas. Ni el mejor exorcista podrá acabar con la sociedad civil. Al contrario, en México necesitamos fortalecerla porque la mayoría de los mexicanos no participamos en organizaciones. Muchas ONG’S han hecho una contribución magnífica. Las comisiones de derechos humanos no pueden entenderse sin la movilización de las agrupaciones que denunciaron las desapariciones y torturas; tampoco tendríamos una Ley de Acceso a la Información Pública si un grupo de académicos y periodistas, no se hubieran organizado para impulsar esta legislación. En la ciudad de México es posible el aborto gracias a que grupos feministas desde los años setenta pusieron el tema sobre la mesa. Ojalá tuviéramos una sociedad civil más robusta y fuerte.

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