Justicia electoral: nos metemos, porque nos atañe (Artículo)

por Miguel Pulido noviembre 27, 2018 1:39 pm

"¿Por qué siendo el epicentro de lo democrático electoral, el Tribunal no tiene los mecanismos, los medios ni las prácticas para lograr que la gente se meta en lo que le atañe?", pregunta Miguel Pulido.

Por Miguel Pulido

La política fue, en un principio, el arte de impedir que la gente se meta en lo que le atañe, dijo hace más de 100 años Paul Valéry. Aguda y humorística, pero también descarnada y directa, su idea bien puede competir con las críticas de nuestros tiempos que evidencian el divorcio entre los políticos y la sociedad. O, visto de otra forma, la frase deja testimonio que la crítica a la política como algo obscuro y que excluye es en realidad bastante antigua y no sólo de nuestro país.

Durante décadas nuestro sistema electoral no fue siquiera capaz de condecirse con las reglas de la aritmética. Sumar votos era alquimismo. Para el partido en el poder no aplicaba la máxima matemática de que si el resultado de una operación no está del todo bien, está mal. Y ese trauma nos dejó un modelo que inventa más reglas de las que puede procesar, es prolífico para generar instituciones a las que además asigna mandatos entre adornados y estrambóticos y tiene una fascinación por la siguiente reforma, la que ahora sí lo solucionará todo.

Tupido como selva, del paisaje electoral mexicano destaca por su poder el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (el Tribunal). Central en la resolución de conflictos por el acceso pacífico a gobernar y protagonista en hacer valer los obscuros deseos de vetar al adversario electoral, el Tribunal es una institución que de nombre es prácticamente por todos conocida, pero ciertamente es muy lejana a la sociedad y por pocos (muy pocos) comprendida.

¿No es una paradoja que el fiel de la balanza de nuestra democracia electoral decida por y para todo el mundo bajo cierto aislamiento? ¿Por qué siendo el epicentro de lo democrático electoral, el Tribunal no tiene los mecanismos, los medios ni las prácticas para lograr que la gente se meta en lo que le atañe?

Aparten ustedes todas las explicaciones que derivan de la crisis de legitimidad de las instituciones públicas en general y de las relacionadas con los partidos y lo político electoral de forma particular. Esto implica no pensar -por ahora- tampoco en el cuestionamiento recurrente a la falta de independencia frente a los partidos o, más crítico aún, que en el Tribunal son propiamente la representación de intereses partidistas.

Ahora así, en lo que me quiero centrar es que en mi opinión, el órgano más poderoso de nuestro sistema de democracia electoral está aislado porque se entiende heredero de la liturgia judicial, que repite como mantra que las instituciones de justicia son técnicas y por tal razón no propias para el debate popular, y no heredero de la tradición democrática. Maniatado por los códigos (en términos de signos y símbolos) se aferra a la convicción de que su función está rígidamente controlada por los otros códigos (normativos), sin darse cuenta que esa “formalidad” extrema es en realidad una decisión política: alejarse de la sociedad.

Hay mucho que puede hacer el Tribunal para promover que la gente se meta en lo que le atañe y dejar de darle la espalda a la sociedad para empezar a darle la cara. Por principio, aprender de la historia de la evolución de los sistemas judiciales -especialmente en el campo criminal- que han hecho de la participación ciudadana en las etapas procesales y en la decisión judicial una realidad.

A partir de ello, se pueden impulsar modificaciones inmediatas y de bajo costo: una de ellas, un cambio radical en el uso del lenguaje. En el mundo desde hace décadas se han gestado movimientos que impulsan la simplificación del “idioma legal”, como la Plain English Campaign. Urge que el Tribunal aprenda de estos ejemplos. Otro campo de innovación prácticamente gratuito: diseñar un modelo para la recepción sistemática y organizada de “Amicus Curiae”.

Más cambios: crear mecanismos de involucramiento directo de la ciudadanía en etapas del proceso contencioso más allá de la asistencia a sesiones. Pueden ser: conferencias-audiencias para presentación de proyectos (tales como las que otros sistemas con oralidad y debate público han implementado en los procesos criminales -pretrial preparatory conference-).

Si el Tribunal va en serio, podría radicalizar las modalides de vinculación con la sociedad, modificando normativa de baja jerarquía (para que no haya pretextos, en el campo de la autoregulación) y aprobar figuras permanentes de participación ciudadana en comités internos, grupos de enfoque de retroalimentación formal de ejecución obligatoria antes de tomar decisiones administrativas, proyectos de co-financiamiento con universidades para publicaciones estudiantiles (con entera autonomía editorial).

El punto es este: por el calibre de lo que puede decidir el Tribunal, su función tendría que ser no sólo criticada y atacada (síntomas -nos guste o no- de la democracia), también tendría que ser de centralidad para la ciudadanía: repositorio de propuestas, promotor serio de debates, receptáculo de afluencias abiertas y legítimas y un lugar donde se escuchen los planteamientos de cambio.

La frase completa de Valéry dice: “La política fue en principio el arte de impedir a la gente meterse en lo que le importaba”. En una época posterior se agregó “el arte de comprometer a la gente a decidir sobre lo que no entiende”. Si el Tribunal quiere vincularse asertivamente con la población, tiene que dejar de aislarse y de ser críptico.

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